Se cumplen 10 años de la muerte de Jenny Rivera


Jenny Rivera dio el último concierto de su vida el 10 de diciembre del 2012, en una noche de vientos contrariados y espinas secas de Monterrey.

Cantó sin descanso durante casi cuatro horas, con una intensidad que desordenó para siempre el corazón de los regiomontanos, y derramó unas cuantas lágrimas entre los gritos y aplausos de quienes la miraban como si no fuera un ser de este mundo.

El concierto terminó y la Arena Monterrey se convirtió en un oceáno de soledad donde todavía resonaban los lamentos de quienes cantaron para sus amores turbulentos. En los camerinos, Jenni Rivera se dio un tiempo con sus fanáticos.

Firmó autográfos y posó junto a desconocidos felices, a los que no obstante, trató como si los conociera de siempre. Aquellas personas, que después se sintieron marcadas con el azar de una realidad incomprensible, habrían de declarar que ya resplandecía sobre la cantante la mariposa inequívoca de la tristeza.

Una mujer como ella tenía raras ocasiones para descansar. Al día siguiente tendría que grabar su participación semanal en el reality show "La Voz México", que tan popular fue en aquel año, y donde compartía escenario con Paulina Rubio, Miguel Bosé, y Beto Cuevas. Jenni Rivera se disculpó con sus fanáticos, aquejándose de sus compromisos ineludibles, y se retiró junto con su séquito rumbo a un jet privado que los esperaba para despegar a Toluca. 

Era un avión marca LearJet 25, el cual despegó sin complicaciones por encima de los colosos de piedra de las montañas de Monterrey. A Jenni Rivera la acompañaban el relacionista público Arturo Rivera, el abogado Mario Macías, su maquillista infalible Jacob Llenares y un quinto tripulant identificado como Genaro N, además de los pilotos Miguel Pérez y Alejandro Torres. Eran cerca de las 3 y media, y el cielo de la madrugada regiomontana no auguraba complicaciones. No había pronósticos de tormenta, ni el horizonte la menor sospecha de caprichos atmosféricos.

Quizás, desde las alturas, Jenni Rivera contempló la inmensidad oscura de la noche. Quizás se le escapó un suspiro de melancolía, y sus pensamientos giraron en torno a las nostalgias de su vida, y que no nadie supo nunca. Apenas diez minutos más tarde de que la aeronave despegara, la torre de control perdió el contacto con la unidad. 

No hubo modo posible de restablecer las comunicaciones, y mientras más pasaban las horas más se confirmaba la certidumbre de lo fatídico. Jenni Rivera estaba agendada para aterrizar en el Aeropuerto Interncacional López Mateos, de Toluca, a las 4 y media de la mañana, en un vuelo rutinario de apenas una hora. No llegó nunca. 

La madrugada de la sierra terminó en un amanecer de tragedia para los brigadistas y las parvadas de helicópteros que buscaban sin descanso entre las cañadas, sobre los despeñaderos, y más allá de las praderas cedidas al silencio de la Sierra Madre Oriental.

 Muchas horas más tarde, cuando ya los motivaba algo menos feliz, pero más fuerte que la esperanza, encontraron al ave de metal, desbaratada en jirones de hierro, y despedazada en escombros humeantes entre la arboleda. El avión se había estrellado. A primeras horas de la tarde, no había nadie en ningún lugar de México que no supiera ya la noticia que había dejar sobre las postrimerías del año una espina de tristeza: Jenni Rivera había muerto. 

La Secretaria de Comunicaciones y Transportes confirmó en un comunicado fatídico lo que todo México se negaba a aceptar. La Diva de la Banda tenía 43 años, y apenas unas horas antes había cantado con el corazón abierto el concierto de su vida. 

Cayó del cielo, como una mariposa de alas rotas, aquella madrugada de infamia del 9 de diciembre del 2012. Pero su vuelo trascendió a su vida misma, y se inmortalizó en la leyenda. Jenni Rivera sobrevivió en sus canciones, en sus cánticos de mujeres grandes, de féminas sin límites, de amor y de despecho, de dolores que el alcohol no cura.

Se quedó para siempre en la memoria de sus fanáticos, en el desconsuelo de sus seguidores, y en los versos de todos quienes al día de hoy la siguen cantando en noches sin vela, en madrugadas felices, y amaneceres que no llegan nunca. 

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